RECORDANDO A ROSA MARÍA CRESPO DE BRITTON

Julio 19, 2019

Conocí a la doctora Rosa María Crespo de Britton a través de la lectura, por allá en 1991, cuando tuve la oportunidad de leer su novela No pertenezco a este siglo, que se convertiría en ganadora del premio literario Ricardo Miró. Debo admitir que no soy muy asiduo a leer novelas, pero esta me cautivó por su sencillez de redacción y envolvente argumento. En algunas ocasiones me tocó verla por televisión opinando sobre temas de la mujer, sociales, políticos o científicos llamando mi atención su forma muy particular, directa, sincera, sin tapujos o medias tintas y claras en decir las cosas.

Hace algunos años tomé la iniciativa de presentarme en la Biblioteca Nacional para explorar la posibilidad de involucrarme en la labor que la Fundación Pro Biblioteca Nacional venía realizando en esa institución. Poco tiempo después, recibí una carta de la doctora Britton invitándome a formar parte de la junta directiva de la fundación, cosa que me entusiasmó mucho.

Fue entonces cuando me tocó conocer en primera fila a la persona. A cada reunión de la junta directiva llegaba temprano para tener ocasión de conversar temas varios con ella. La doctora hacía su aparición en el salón siempre elegantemente vestida y saludando a todos los que nos encontrábamos allí. Los temas que abordábamos antes de analizar los propios de la biblioteca eran variados y de actualidad, los cuales la doctora exponía de manera magistral intercalando sus experiencias personales, informaciones recientemente surgidas y hasta estadísticas vigentes cuando los tópicos eran científicos.

Gozaba de una memoria incomparable, aunque debo decir que le costaba mucho recordar mi nombre, pese a que el personaje principal de su última novela Tocino del cielo tenía el mismo que yo —por recomendación de su editorial— según ella misma me contara.

Su afán y dedicación constante por sacar adelante las bibliotecas públicas, en general, y la Biblioteca Nacional, en particular, la apasionaba. Estaba convencida de que era parte de su misión en esta tierra. Largas horas de su tiempo lo dedicó, a solas y en compañía del resto de los directores, a cumplir la misión que le fuese impuesta hace 20 años por el gobierno de turno y que con excesivo éxito se ha logrado a través de la Fundación Pro Biblioteca Nacional.

Su meta más reciente y última que se impuso fue lograr que el gobierno actual renovase el convenio entre el Ministerio de Educación y la Fundación para continuar por lo menos por 20 años más la labor que se ha venido realizando en esta institución tan importante para el país.

El pasado 15 de julio tendríamos la reunión mensual de la junta directiva de la Fundación, la cual fue intempestivamente suspendida. Cuando llamé a la directora general para consultarle por qué se había suspendido la reunión —cosa que nunca sucedía—, me dio la nefasta noticia de que la doctora estaba próxima a encontrarse con el Creador. No puedo menos que decir que no salía de mi asombro, pues tan solo semanas antes había estado con ella conversando sobre cómo seguir mejorando la Biblioteca Nacional. Al día siguiente, se presentó la muerte como lo que es, una ladrona, que se llevó a una persona multifacética y que en todas las cosas que se propuso triunfó. Fue científica, literata, luchadora por los derechos de la mujer, socióloga y defensora de la educación del panameño. A nivel de la Fundación Pro Biblioteca Nacional dejó una labor extraordinaria que todos podemos reconocer con una simple visita al edificio que alberga toda la memoria histórica de Panamá en el Parque Omar. Su alma sin duda descansará en paz, ya que por su larga lucha en beneficio de este país se lo merece.

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