PEQUEÑA EMPRESA Y ESTADO: MARTIRIO INTERMINABLE

Septiembre 21, 2005

PEQUEÑA EMPRESA Y ESTADO: MARTIRIO INTERMINABLE

Septiembre 21, 2005

En diciembre de 2003 publiqué un artículo titulado “El Progreso de Panamá está en Nuestras Manos” en el que, entre otras cosas, traté de realizar una radiografía de los hábitos del panameño como empresario, trabajador o gobierno y lo que el individuo debía hacer para superarse.

Indiqué en aquel entonces que las empresas que históricamente se habían dedicado a los servicios, debían crear nuevas iniciativas de negocios para la generación de nuevos empleos en un mercado que se encontraba saturado. Por su parte los trabajadores tenían que abocarse a una mejor preparación concentrándose en el estudio de carreras no tradicionales. La salvación no está en el gobierno como agencia de empleo, sino en lo que nosotros somos capaces de producir.

Sin embargo, de lo que no hablé en aquel entonces fue de las realidades políticas con que chocan aquellos individuos dispuestos a surgir por sus propios medios, los que sí desean prosperar y que luchan día a día por un Panamá mejor.

Quiero referirme a aquellos que con mucho esfuerzo se acercan a una institución crediticia para solicitar apoyo para su pequeño negocio. Muchos de ellos al no poder entrar de lleno a participar en las actividades con los particulares, se dirigen a concursar con las entidades del gobierno, donde los concursos y licitaciones son actos públicos.

Pero esta práctica ha resultado catastrófica par los pequeños inversores que concursan, ganan, cumplen con la obra y no les pagan.

Veamos por ejemplo el FIS. Cuando se dió el cambio de administración ya hace un año, se congelaron los pagos a gran parte de las cuentas pendientes que venían del gobierno anterior, no sé con que objeto, pues si los empresarios habían cumplido con lo contratado, qué se podía cuestionar, máxime si estábamos hablando de compañías pequeñas que requieren de su flujo de caja para subsistir.  Como si fuera poco con la salida del director se esa institución y la demora en el nombramiento del reemplazo, todo quedó en suspenso pues el puesto se encontraba en acefalía.

Nombrado el nuevo director empezó la historia nuevamente, pues el mismo deseaba investigar lo que había dejado el anterior sin importarles que son las pequeñas empresas las que sufren, pero que más da, la teoría es que todo acto público lleva una cuota de corrupción.

De lo que no se percata el gobierno, sea este o los anteriores, que los que hacen la corrupción son los menos, y que por ellos se está pagando un alto precio, se está contrayendo la economía y obstaculizando la creatividad empresarial.

Además, hay otras formas de definir la corrupción, como por ejemplo cuando un Presidente de la República inaugura una obra y expresa que la misma se realizó a tal o cual costo, cuando en realidad ni siquiera la han pagado, y es más, de seguro, si quien la realizó fue un empresario pequeño, sino quebró está por quebrar gracias a la agilidad del gobierno por cumplir con su obligación de pago.

Es claro que el sistema actual de los tres poderes del Gobierno está agotado. De todo se desconfía. La “honorable” Asamblea de Diputados con sus altísimos gastos sólo se enfrascan en discusiones estériles, claro con excepción de cuando el Ejecutivo manda alguna Ley para que sea aprobada de forma expedita. El Ejecutivo, según sus defensores, está realizando una gesta valiente al asumir con valentía decisiones que nadie se había atrevido tomar. Lo que no ven esos defensores es que las decisiones que se han tomado van bien dirigidas a desincentivar  la inversión y a tratar de disminuir el ingreso de los empresarios, como si la empresa privada fuera el peor enemigo del Gobierno, olvidando que los mismos antes de bajar sus ingresos empezaran a despedir a trabajadores aumentando así el desempleo. No voy ni a mencionar al Órgano Judicial, ya que considero que el mismo se ha ganado a pulso la fama que tienen.

Finalmente, no olvidemos  a la izquierda, sentada cual centinela en su atalaya a la espera que todo colapse para salir con sus discursos trasnochados de lo maravilloso que seria la vida con ellos. Por supuesto, no debemos olvidar que ellos están en contra de todo sistema de empresa privada y de libre mercado, por lo que eso sólo empeoraría la situación actual.

El Estado lo que debe hacer es garantizar la seguridad, el orden, la propiedad y la justicia, pero sólo está preocupado por hacer política a costa de los demás, buscar a los pequeños y medianos empresarios para que apalanquen con altos tributos sus gastos operacionales y para colmo no pagar.

Parecemos atascados en un callejón sin salida, es un retrato que no inspira confianza para el futuro de nuestro país, pero en cual debemos luchar para sacar adelante.

En diciembre de 2003 publiqué un artículo titulado “El Progreso de Panamá está en Nuestras Manos” en el que, entre otras cosas, traté de realizar una radiografía de los hábitos del panameño como empresario, trabajador o gobierno y lo que el individuo debía hacer para superarse.

Indiqué en aquel entonces que las empresas que históricamente se habían dedicado a los servicios, debían crear nuevas iniciativas de negocios para la generación de nuevos empleos en un mercado que se encontraba saturado. Por su parte los trabajadores tenían que abocarse a una mejor preparación concentrándose en el estudio de carreras no tradicionales. La salvación no está en el gobierno como agencia de empleo, sino en lo que nosotros somos capaces de producir.

Sin embargo, de lo que no hablé en aquel entonces fue de las realidades políticas con que chocan aquellos individuos dispuestos a surgir por sus propios medios, los que sí desean prosperar y que luchan día a día por un Panamá mejor.

Quiero referirme a aquellos que con mucho esfuerzo se acercan a una institución crediticia para solicitar apoyo para su pequeño negocio. Muchos de ellos al no poder entrar de lleno a participar en las actividades con los particulares, se dirigen a concursar con las entidades del gobierno, donde los concursos y licitaciones son actos públicos.

Pero esta práctica ha resultado catastrófica par los pequeños inversores que concursan, ganan, cumplen con la obra y no les pagan.

Veamos por ejemplo el FIS. Cuando se dió el cambio de administración ya hace un año, se congelaron los pagos a gran parte de las cuentas pendientes que venían del gobierno anterior, no sé con que objeto, pues si los empresarios habían cumplido con lo contratado, qué se podía cuestionar, máxime si estábamos hablando de compañías pequeñas que requieren de su flujo de caja para subsistir.  Como si fuera poco con la salida del director se esa institución y la demora en el nombramiento del reemplazo, todo quedó en suspenso pues el puesto se encontraba en acefalía.

Nombrado el nuevo director empezó la historia nuevamente, pues el mismo deseaba investigar lo que había dejado el anterior sin importarles que son las pequeñas empresas las que sufren, pero que más da, la teoría es que todo acto público lleva una cuota de corrupción.

De lo que no se percata el gobierno, sea este o los anteriores, que los que hacen la corrupción son los menos, y que por ellos se está pagando un alto precio, se está contrayendo la economía y obstaculizando la creatividad empresarial.

Además, hay otras formas de definir la corrupción, como por ejemplo cuando un Presidente de la República inaugura una obra y expresa que la misma se realizó a tal o cual costo, cuando en realidad ni siquiera la han pagado, y es más, de seguro, si quien la realizó fue un empresario pequeño, sino quebró está por quebrar gracias a la agilidad del gobierno por cumplir con su obligación de pago.

Es claro que el sistema actual de los tres poderes del Gobierno está agotado. De todo se desconfía. La “honorable” Asamblea de Diputados con sus altísimos gastos sólo se enfrascan en discusiones estériles, claro con excepción de cuando el Ejecutivo manda alguna Ley para que sea aprobada de forma expedita. El Ejecutivo, según sus defensores, está realizando una gesta valiente al asumir con valentía decisiones que nadie se había atrevido tomar. Lo que no ven esos defensores es que las decisiones que se han tomado van bien dirigidas a desincentivar  la inversión y a tratar de disminuir el ingreso de los empresarios, como si la empresa privada fuera el peor enemigo del Gobierno, olvidando que los mismos antes de bajar sus ingresos empezaran a despedir a trabajadores aumentando así el desempleo. No voy ni a mencionar al Órgano Judicial, ya que considero que el mismo se ha ganado a pulso la fama que tienen.

Finalmente, no olvidemos  a la izquierda, sentada cual centinela en su atalaya a la espera que todo colapse para salir con sus discursos trasnochados de lo maravilloso que seria la vida con ellos. Por supuesto, no debemos olvidar que ellos están en contra de todo sistema de empresa privada y de libre mercado, por lo que eso sólo empeoraría la situación actual.

El Estado lo que debe hacer es garantizar la seguridad, el orden, la propiedad y la justicia, pero sólo está preocupado por hacer política a costa de los demás, buscar a los pequeños y medianos empresarios para que apalanquen con altos tributos sus gastos operacionales y para colmo no pagar.

Parecemos atascados en un callejón sin salida, es un retrato que no inspira confianza para el futuro de nuestro país, pero en cual debemos luchar para sacar adelante.

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